
Quienes nos dedicamos a la neurorehabilitación tenemos como eje central de nuestro quehacer todo lo referido a la conciencia. Las terapias cognitivas son fundamentales y muchas veces definen el enfoque que desarrollamos con nuestros pacientes.
¿Pero qué es realmente la conciencia? ¿Cómo se define, dónde está ubicada, cómo se expresa?
Aunque parezca increíble, la verdad es que no lo sabemos. Existen más de 200 teorías sobre la conciencia, y hasta la fecha no ha podido definirse en su esencia. Estas teorías van desde enfoques cercanos a la religión o la espiritualidad, hasta la teoría cuántica, pasando por las más conocidas, que se refieren al funcionamiento neuronal. No es extraño, por lo tanto, que para los neurocientíficos este tema haya sido denominado el “problema difícil” (hard problem).
Sin pretender definirla, podemos señalar algunos aspectos: en primer lugar, que la percepción y la sensación son condiciones necesarias para que la conciencia se exprese; es decir, implica la recepción de estímulos externos a través de los sentidos. También son necesarios el pensamiento y la reflexión, ya que esta experiencia es subjetiva e incluye la autoconciencia, es decir, el concepto de “uno mismo”.
Este punto es especialmente interesante, ya que lo que llamamos “realidad” está construida por la información captada —de forma sesgada— por los sentidos y procesada por nuestro sistema nervioso, lo que no necesariamente corresponde a una representación objetiva de lo que existe “afuera” de nuestro dominio mente-cuerpo. Es decir, lo que percibimos —y de lo que somos conscientes— es la interpretación que hacemos a partir de nuestros recursos neurológicos. Por lo tanto, la actividad cognitiva puede llevarnos a interpretaciones o conclusiones erróneas sobre los fenómenos del entorno. Esto tiene implicancias evidentes en pacientes con compromisos sensoriales o alteraciones en los distintos componentes de los circuitos neuronales, como el sistema límbico o el tálamo, además de la corteza cerebral. Su conciencia de la realidad se verá necesariamente alterada.
Sin embargo, estos aspectos no explican cómo se produce el fenómeno de la conciencia, ya que no hay un centro o área cerebral específica que pueda asociarse directamente a esta cualidad. Podemos describirla como una función emergente que involucra múltiples áreas del cerebro, donde la corteza —en especial la prefrontal— tiene un rol clave en los procesos que llevan a la percepción consciente.
Surge entonces una constatación evidente: el cerebro es esencial para que se exprese lo que llamamos conciencia. Ha sido el desarrollo de este órgano el que permitió a los homínidos.
—especialmente al Homo sapiens— alcanzar el nivel más alto de conciencia en el reino animal. Y cuando el cerebro sufre un daño, la conciencia se ve alterada. Esto puede observarse a través de múltiples escalas utilizadas para evaluar dicho compromiso, como la escala de Glasgow, el MOCA o la escala de Rancho Los Amigos. Estas herramientas evalúan el estado de conciencia en función de la respuesta del sistema nervioso frente a estímulos sensoriales y sensitivos, pero no miden una modificación intrínseca en áreas neuronales específicas.
¿Pero esta constatación empírica permite asegurar que lo que llamamos conciencia solo se verifica en el cerebro? Quiero mencionar algunos fenómenos que cuestionan la exclusividad de una base neurológica para la conciencia.
Por ejemplo, está documentado el síndrome de Savant, una condición que se presenta en personas con lesiones cerebrales congénitas o adquiridas y que desarrollan habilidades excepcionales en áreas como matemáticas, arte, música o memoria, sin que se haya podido demostrar una reorganización neurológica compensatoria que explique tales capacidades. Estas personas comparten características con los llamados “genios”.
Otra condición ampliamente documentada son las experiencias cercanas a la muerte. Personas que han estado en coma pueden relatar eventos ocurridos a su alrededor, como maniobras de reanimación, desde una perspectiva extracorpórea. Posteriormente, estos relatos han sido contrastados con el testimonio de otros participantes —médicos o enfermeras— del suceso. Si a esto sumamos fenómenos como la telepatía o la precognición, se abre la posibilidad de ampliar el concepto más comúnmente aceptado de conciencia, como un fenómeno exclusivamente cerebral y dependiente de la información recogida por los sentidos.
¿Pero qué sentido tiene traer estas reflexiones al contexto de la neurorehabilitación? La intención es proponer una mirada más amplia y salir de los esquemas clásicos de rehabilitación cognitiva, que buscan ejercitar (como se ejercita un músculo) funciones como la memoria, la atención, la resolución de problemas, el lenguaje y la comunicación, a través de estimulación sensorial repetitiva y focalizada en áreas deficitarias.
Este enfoque, mecánico y funcional, muchas veces no resulta aplicable en pacientes con niveles cognitivos básicos o con baja tolerancia a la sobreestimulación.
Entonces, ¿es factible pensar en otras formas de abordar a pacientes en estado de mínima respuesta (EMR) o con conexión precaria al entorno? ¿Podrían técnicas como la meditación o la transferencia energética contribuir a aumentar el nivel de conciencia sin depender exclusivamente del input sensorial?
El objetivo de este artículo es invitar a quienes trabajan en el ámbito de la neurorehabilitación a explorar estas otras alternativas.
Dr. Ricardo Eckardt
Fisiatra y Director Médico Clínica San Andrés